Parroquia Nuestra Señora de Los Llanos El Algar

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El Orden es el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Es, pues, el sacramento del ministerio apostólico. Los fieles que han recibido este sacramento, por la gracia del Espíritu Santo, están instituidos en nombre de Cristo para ser los pastores de la Iglesia como obispos, presbíteros y diáconos (cf. CCE 1536; CCCE 322).
El sacerdocio ministerial difiere esencialmente del sacerdocio común de los fieles porque confiere un poder sagrado para el servicio de los fieles. Los ministros ordenados ejercen su servicio en el pueblo de Dios mediante la enseñanza, el culto divino y el gobierno pastoral. Los ministerios conferidos por la ordenación son insustituibles para la estructura orgánica de la Iglesia: sin el obispo, los presbíteros y los diáconos no se puede hablar de Iglesia (cf. CCE 1592-1593).
Los presbíteros están unidos a los obispos y al mismo tiempo dependen de ellos en el ejercicio de sus funciones pastorales. Son llamados a ser sus cooperadores diligentes y consejeros necesarios con amor sincero y obediencia. Participan del único sacerdocio y ministerio de Cristo y forman en torno a su obispo el presbiterio que asume con él la responsabilidad de la Iglesia particular, recibiendo el cuidado de una comunidad parroquial o de una función eclesial determinada (cf. PO 7-8; CCE 1536, 1595; CCCE 322, 325).


La Ordenación episcopal da la plenitud del sacramento del Orden, hace al obispo legítimo sucesor de los Apóstoles, lo constituye miembro del Colegio Episcopal, compartiendo con el Papa y los demás obispos la solicitud por todas las Iglesias (cf. CCE 1557-1558; CCCE 326).
La unción del Espíritu marca al presbítero con un carácter espiritual indeleble, lo configura a Cristo Sacerdote y lo hace capaz de actuar en nombre de Cristo Cabeza. Como cooperador del Orden Episcopal, es consagrado para predicar el Evangelio, celebrar el culto divino, sobre todo la Eucaristía, y ser pastor de los fieles (cf. CCE 1567; CCCE 328).
El Diácono, configurado con Cristo, siervo de todos, es ordenado para el servicio de la Iglesia, y lo cumple bajo la autoridad de su Obispo en el ministerio de la palabra, el culto divino, la guía pastoral y la caridad (cf. CCE 1570; CCCE 330).
La vocación al sacerdocio ministerial es un don de Dios a su Iglesia, que, según el mandato del Señor, debe pedir para que el Padre envíe operarios a trabajar en su mies. La Iglesia confiere el sacramento del Orden únicamente a varones bautizados, cuyas aptitudes para el ejercicio del ministerio han sido debidamente probadas y reconocidas. Nadie puede exigir la recepción de este sacramento. La responsabilidad y el derecho de llamar a uno a recibir la ordenación sólo le corresponde a la autoridad de la Iglesia (cf. CCE 1598; CCCE 333).

« Agradar a Dios y no a vosotros mismos o a los hombres »

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